Tras enfrentarse de lleno al legado artístico de su padre, Akane alcanza un punto de inflexión decisivo en su camino como rakugoka. La evaluación de su intensa interpretación no solo definirá el desenlace de la competencia, sino que también revelará qué tan lejos ha llegado en la construcción de un estilo propio.
Con la etapa clasificatoria cerrada, el relato abre paso a nuevos rumbos y desafíos individuales, marcando el inicio de una fase más exigente y madura. Para Akane, la ambición de ascender se cruza con la aparición de una figura clave que pondrá a prueba su determinación y la obligará a redefinir qué significa realmente crecer dentro del arte del rakugo.